Sakab, miel y cigarro: las ofrendas que acompañaban la milpa maya

Antes de que una milpa comenzara a producir maíz, frijol o calabaza, para algunas familias mayas también existía una relación con los seres que, de acuerdo con su cosmovisión, habitaban y protegían ese espacio. Entre las prácticas transmitidas por generaciones estuvieron las ofrendas a los aluxes, una tradición que todavía permanece en la memoria de habitantes de comunidades de la Península de Yucatán.

Wildernaim Villegas Carrillo, profesor-investigador dedicado a la lengua maya y sus aspectos culturales, recordó las enseñanzas de su abuelo, quien colocaba en la milpa una jícara con sakab, además de cigarro, miel y agua. La práctica estaba relacionada con la petición de protección para los cultivos y con el respeto hacia los seres que formaban parte de ese territorio.

“Los aluxes formaban parte del equilibrio social en las comunidades, ya que tenían un papel protector en las milpas”, explicó Villegas, quien recordó que las peticiones buscaban que la producción estuviera protegida de animales, personas que pretendieran dañarla o robarla y otros factores que pudieran afectar la cosecha.

Para esta concepción maya, explicó, trabajar la milpa no se limitaba a desmontar, quemar, sembrar, limpiar y cosechar. También implicaba reconocer que el espacio estaba habitado por otros seres y que cada lugar tenía un dueño, identificado como Yum o Yum Sil. La ofrenda representaba así una forma de establecer una relación de respeto con el entorno.

Aunque estas prácticas han cambiado con el paso del tiempo, Villegas Carrillo afirma que las historias todavía llegan a las nuevas generaciones. Estudiantes provenientes de comunidades le han contado relatos heredados de sus padres y abuelos sobre encuentros con aluxes, mientras que otros jóvenes mantienen una visión distinta debido a la diversidad de ideas y fuentes de información que existen actualmente.

La permanencia de estos relatos muestra que la milpa maya también es un espacio de memoria. Entre una jícara de sakab, un poco de miel, agua y las historias contadas por los abuelos permanece una forma de entender el territorio en la que cultivar la tierra también significa respetar lo que, para la tradición maya, habita en ella.