En las comunidades mayas, la temporada de finados no solo es un tiempo de memoria, sino un periodo en que la frontera entre los vivos y los muertos parece volverse delgada. Los habitantes lo viven con respeto, silencio y una cautela ancestral que todavía se respira en los caminos de tierra y en los montes húmedos de la región.
Don Milo Tilán, veterano campesino y conocedor del monte, recuerda las advertencias de los mayores: “suelta uno a los difuntos, ahí andan en el monte; dicen que es peligroso, pero yo voy, nunca me ha pasado nada”. Su voz mezcla la serenidad de quien ha vivido la tradición y la fe en lo invisible que acompaña a los mayas en cada ciclo del año.
Según cuenta, durante estos días se acostumbra poner en las mesas los frutos del campo: camote, plátano, yuca, calabaza. Cada alimento tiene su sentido simbólico, y el humo del copal abre el camino para las almas que regresan a visitar a los suyos. “Ahí está el pendiente, lo que el difunto más quería comer, eso se le pone”, explica el hombre con naturalidad.
Para Don Milo, lo misterioso no asusta, se respeta. En los pueblos aún se escucha que quien se aventura solo al monte el día de finados puede cortarse, tropezar o extraviarse, pues “los difuntos andan sueltos”. Son advertencias que se dicen con media sonrisa, pero se creen con el corazón.
Con tristeza, reconoce que las nuevas generaciones se alejan de esas prácticas. “Los chamacos ya no van al monte. Trabajan en Cancún, en Tulum. No como antes”, comenta mientras observa el horizonte, donde el viento agita las hojas secas y parece llevarse también los ecos de antiguas oraciones.
En el mundo maya, la temporada de finados no es solo una celebración: es un recordatorio de que la vida y la muerte coexisten en el mismo espacio. Los caminos del monte, los altares sencillos y las palabras de Don Milo conservan un hilo invisible que une a los que están y a los que regresan, aunque sea solo por unos días.