Entre aromas de cempasúchil y frutas maduras, Don Vidal Kú Salazar prepara cada año su altar con elementos que él mismo produce. Sus flores, velas, jicaras y frutos no solo representan tradición: son el fruto de un trabajo que conecta el campo, la fe y la memoria.
Con manos curtidas por la tierra, el campesino explica que cada temporada de finados cultiva sus propias flores. “Es mi producto, yo lo produzco. Cada año sacamos, pero ahorita está un poco escasa la flor”, comenta mientras acomoda sus ramos de cempasúchil y virginias. Este año, el precio subió de 25 a 35 pesos por ramo, reflejo del encarecimiento de los insumos y la baja producción.
Don Vidal también elabora las velas que vende en su puesto, moldeadas con paciencia y fe. “Las velas también yo las hago. Todo lo que ves aquí, casi todo lo produzco”, dice con orgullo. Su rutina es un ciclo que inicia meses antes, cuando prepara la tierra y siembra las semillas que florecerán justo en los días dedicados a los difuntos.
El productor reconoce que este año las ventas han sido más lentas. “El año pasado, por estas fechas, ya estaba lleno de flores. Ahora está más tranquilo. Pero nuestra esperanza son los días 30, 31 y primero, que son los más fuertes”, comenta mientras observa a los pocos compradores que recorren los pasillos del mercado.
A pesar de las aun bajas ventas, mantiene la fe en sus cultivos y en la tradición que ha heredado. “Cada año hacemos esto, porque es lo que se ha hecho siempre. La gente viene por sus flores para los altares”, expresa con serenidad. Para él, la ofrenda no es una mercancía: es una forma de mantener viva la conexión entre los vivos y los muertos.
El trabajo de Don Vidal Kú es una muestra de cómo en la zona maya las tradiciones se sostienen con las manos de quienes siembran, cosechan y transforman lo que la tierra ofrece. En cada flor que vende hay una historia de esfuerzo, devoción y continuidad.