Antonio Ojeda rescata el alma de las imágenes sacras

El artista plástico Antonio Ojeda descubrió su vocación de manera fortuita. Cuando era niño, jugando en el patio de su bisabuela, halló fragmentos de figuras religiosas enterradas. Aquellos restos de santos quebrados lo llevaron a preguntar por qué estaban ahí, y así conoció la antigua costumbre familiar de enterrar las imágenes deterioradas como una forma de respeto y ofrenda.

Esa curiosidad infantil se transformó con los años en un oficio que combina arte, paciencia y devoción. Antonio Ojeda desarrolló su propio estilo de restauración, en el que aplica técnicas de pintura, escultura y maquillaje artístico para devolver a las piezas su color, forma y expresión original. Usa pigmentos de alta calidad, herramientas especializadas y, en ocasiones, instrumentos adaptados por él mismo según la necesidad de cada imagen.

En su taller, el artista analiza el material de cada pieza —yeso, resina, fibra o madera— antes de iniciar el proceso, asegurando compatibilidad en la reconstrucción. “No se trata solo de pegar y pintar”, explica, “sino de investigar, entender el material y devolverle la vida”. A lo largo de los años, calcula haber restaurado entre dos mil y dos mil quinientas imágenes, muchas de ellas con gran valor histórico y sentimental para las familias.

Entre todas, la figura de la Virgen de Guadalupe ocupa un lugar especial. Es la imagen que más le han llevado a restaurar, en tamaños que van desde los 30 centímetros hasta más de un metro. Ojeda explica que su trabajo busca recuperar los colores originales: el rosa mexicano, el verde bandera y el azul agua marina, que asocia con la identidad nacional y las fiestas patrias.

El proceso, además de técnico, implica conocimientos de anatomía y fisionomía para lograr volumen y realismo en los rostros y manos. Luz, sombra y matices de color permiten que las expresiones recobren vida, logrando un efecto casi tridimensional. “Cada imagen tiene su espíritu, y al restaurarla también se rescata parte de la fe de quienes la veneran”, afirma.

Tras horas de meticuloso trabajo, las piezas vuelven a brillar en los altares domésticos o parroquiales. El resultado de su labor, con imágenes terminadas de la Virgen de Guadalupe que reflejan la unión entre arte, tradición y espiritualidad en la restauración sacra.

En cada trazo y cada restauración, Antonio Ojeda no solo devuelve el color a las imágenes, sino también la esperanza a quienes las contemplan. Su trabajo es una forma de oración silenciosa, un puente entre la fe y el arte donde el tiempo se detiene y las manos del hombre parecen tocar lo divino. En su estudio, entre pinceles y fragancias de pintura, las figuras vuelven a la vida y con ellas renace la devoción de un pueblo que encuentra en sus santos el reflejo de su propia historia y perseverancia.