Varias variedades de legumbres que durante generaciones formaron parte esencial de la milpa maya han dejado de cultivarse debido a cambios en las prácticas agrícolas y al uso intensivo de agroquímicos.
Así lo advirtió el campesino Manuel Jesús May Pacheco, quien señaló que algunas semillas criollas prácticamente han desaparecido de los campos.
Semillas que eran parte de la identidad
Con amplia experiencia en el trabajo del campo, explicó que entre las legumbres que se han ido perdiendo se encuentran variedades antiguas de frijol, como el denominado “alideño” y otros tipos locales apreciados por su sabor, resistencia y adaptación natural al entorno.
Estas semillas —dijo— eran base de la alimentación campesina y parte del equilibrio de la milpa tradicional, donde maíz, frijol y calabaza convivían en un mismo sistema agrícola.
Antes, detalló, la milpa se trabajaba respetando los tiempos de la tierra y la diversidad de cultivos. Sin embargo, el uso constante de productos químicos ha provocado que muchas de estas legumbres ya no prosperen como antes, además de afectar la calidad del suelo y reducir la presencia de otras plantas asociadas al sistema.
Cambio de prácticas y pérdida de conocimiento
May Pacheco subrayó que el conocimiento heredado de los antiguos sembradores permitía identificar los ciclos adecuados de siembra, el comportamiento de la lluvia y la selección de semillas más fuertes.
Ese aprendizaje tradicional, afirmó, se ha ido desplazando conforme más productores optan por semillas comerciales y métodos de cultivo más rápidos, priorizando el rendimiento inmediato sobre la conservación de variedades nativas.
Impacto cultural y ambiental
El campesino consideró que esta situación no solo afecta la producción agrícola, sino también la identidad cultural de las comunidades mayas, cuya historia está profundamente ligada a la milpa diversificada.
Para rescatar estas legumbres tradicionales, señaló, es necesario revalorar las prácticas ancestrales, conservar semillas criollas y fomentar en las nuevas generaciones el interés por una agricultura más sostenible y respetuosa con la tierra.
La milpa, concluyó, no es solo un sistema de cultivo, sino una forma de vida que ha garantizado durante siglos la seguridad alimentaria y el equilibrio con el entorno natural.