Entre el rumor de la selva y el trabajo silencioso de los campesinos, la comunidad de La Carolina está emprendiendo una de las tareas más ambiciosas de la Zona Maya: reforestar más de 2 mil 300 hectáreas en medio de la reserva natural que los rodea. Con machete en mano y esperanza en el futuro, hombres y mujeres participan en programas de restauración ambiental que buscan devolverle vida al monte, donde cada vez es menos común ver animales silvestres.
José Mario Gómez Arenas, habitante del ejido, relató que los cambios son evidentes: la población ha crecido y la actividad agrícola ha modificado los espacios que antes eran hogar de venados, aves y otras especies. “En tiempo de secas los animales se van en busca de agua y muchos ya no regresan. Además, el movimiento de los campesinos sembrando maíz o reforestando en los montes también los aleja”, explicó.
Sin embargo, lejos de resignarse a perder su riqueza natural, la comunidad decidió trabajar en la recuperación de los bosques a través de programas como Sembrando Vida. Desde hace dos años, vecinos de La Carolina cultivan especies frutales y maderables como ciricote, caoba, cedro y melina, con la meta de restaurar mil hectáreas de selva, de las cuales ya se han avanzado en 2 mil 300. “Estamos como en un 50% de avance. Nos están supervisando constantemente y eso es bueno porque nos obliga a cumplir”, dijo Gómez Arenas.
El esfuerzo no se limita a la siembra. Los ejidatarios también han implementado cortafuegos y brigadas comunitarias para proteger las plantaciones de los incendios, que en años de sequía han devastado grandes superficies en otras zonas. “Ahora ya estamos más protegidos porque la gente tiene cuidado. Si hay candela, rápido entre todos se apaga”, señaló.
El impacto del programa no solo es ambiental, también social. Aproximadamente 70 personas de la comunidad participan directamente en estas labores: 40 en proyectos de servicios ambientales y 30 en Sembrando Vida. Para muchas familias, además de preservar los recursos naturales, representa una fuente de ingresos que les permite continuar con su vida en el campo.
“Nosotros queremos mucho la naturaleza. El lujo de un campesino es tener árboles frutales y maderables, ver que todo esté bonito. Eso nos da vida”, expresó Gómez Arenas. Con la vista puesta en los próximos cinco años, los habitantes de La Carolina buscan consolidar un proyecto que no solo les devuelva sombra y frutos, sino también la posibilidad de que las futuras generaciones crezcan en un entorno donde la selva y la comunidad caminen de la mano.